Mundo Cristiano
La revista "Mundo Cristiano" ha publicado a primeros de octubre una entrevista con uno de los jueces que actualmente cortan el bacalao en el gobierno judicial. Leer sus respuestas sobre temas como la violencia de género, el matrimonio de homosexuales, el aborto, la eutanasia, la emigración, resulta, cuando menos, ilustrativo. Nos da las pistas definitivas para conocer su forma de pensar.
Tan solo unas respuestas con relación a la inmigración. Textuales.
"-¿Hasta dónde llega la justicia y dónde la caridad para admitir a los inmigrantes?
-Salvando las distancias que tienen los ejemplos, esto es como un local que tiene límite de aforo. Cuando se llena el local, entonces saltan las alarmas sociales. Me refiero a la mendicidad, a la existencia de barrios cerrados, de mafias incontroladas. Creo que la solución es admitir a gente que aporte a nuestra sociedad.
-Al admitir a unos y alejar a otros, ¿esto no suena un poco a racismo? (pregunta que ya revela cierta alarma en el entrevistador)
-La inmigración es como plantar una planta en un terreno distinto del que nació. Cuando una familia, una persona, llega como inmigrante a un país, echa raíces. Y si esas raíces ahogan al resto de plantas, o las contamina, entonces hay que arrancarlas o no permitir que arraiguen. Sin ambargo, hay plantas que consiguen beneficiarse del terrno nuevo y al mismo tiempo aportar beneficios al terreno donde se implanta. De ahí que deba existir una ordenación racional en la inmigración, que no sea solo por cupos, es decir por el número de gente que pueda entrar, sino en razón de su etnia y raza. Los inmigrantes deben contribuir a la convivencia y a la paz de nuestro país. Así ocurre, por ejemplo, en líneas generales, con los inmigrantes sudamericanos, por razón de su cultura tan parecida a la nuestra, aunque también puede haber excepciones como, por ejemplo, los colombianos que dan lugar a fenómenos mafiosos. En el caso de los marroquíes, la prevención debe ser distinta, precisamente porque su cultura es distinta y en algunos aspectos retrógrada -por ejemplo, la dignidad de la mujer- y provoca rechazo social, aparte de que ellos son los que tienden aislarse."
Se olvidó de la constitución, de la declaración universal de derechos humanos, y de tantas otras cosas, pero da gusto leer sus respuestas dichas en plena libertad. Se le nota cómodo expresándose ante un medio de difusión controlada. Está expansivo. No habla ya del juez profesional, uno de los temas favoritos de su ideario público, que debe sujetarse a una interpretación mecánica de la ley, casi una computadora con pantalones, sino que se lanza, se suelta el pelo, y expresa su rechazo por los moros (marroquíes, dice, con prurito) y los colombianos (todos primos del cártel de Medellín o de la guerrilla plantadora y exportadora de coca).
Es tranquilizador saber que alguien con las ideas tan claras gobierna uno de los poderes del estado y forma parte de la actual mayoría en el poder. Las esencias siguen bien guardadas, al menos en la cúpula judicial.
Tan solo unas respuestas con relación a la inmigración. Textuales.
"-¿Hasta dónde llega la justicia y dónde la caridad para admitir a los inmigrantes?
-Salvando las distancias que tienen los ejemplos, esto es como un local que tiene límite de aforo. Cuando se llena el local, entonces saltan las alarmas sociales. Me refiero a la mendicidad, a la existencia de barrios cerrados, de mafias incontroladas. Creo que la solución es admitir a gente que aporte a nuestra sociedad.
-Al admitir a unos y alejar a otros, ¿esto no suena un poco a racismo? (pregunta que ya revela cierta alarma en el entrevistador)
-La inmigración es como plantar una planta en un terreno distinto del que nació. Cuando una familia, una persona, llega como inmigrante a un país, echa raíces. Y si esas raíces ahogan al resto de plantas, o las contamina, entonces hay que arrancarlas o no permitir que arraiguen. Sin ambargo, hay plantas que consiguen beneficiarse del terrno nuevo y al mismo tiempo aportar beneficios al terreno donde se implanta. De ahí que deba existir una ordenación racional en la inmigración, que no sea solo por cupos, es decir por el número de gente que pueda entrar, sino en razón de su etnia y raza. Los inmigrantes deben contribuir a la convivencia y a la paz de nuestro país. Así ocurre, por ejemplo, en líneas generales, con los inmigrantes sudamericanos, por razón de su cultura tan parecida a la nuestra, aunque también puede haber excepciones como, por ejemplo, los colombianos que dan lugar a fenómenos mafiosos. En el caso de los marroquíes, la prevención debe ser distinta, precisamente porque su cultura es distinta y en algunos aspectos retrógrada -por ejemplo, la dignidad de la mujer- y provoca rechazo social, aparte de que ellos son los que tienden aislarse."
Se olvidó de la constitución, de la declaración universal de derechos humanos, y de tantas otras cosas, pero da gusto leer sus respuestas dichas en plena libertad. Se le nota cómodo expresándose ante un medio de difusión controlada. Está expansivo. No habla ya del juez profesional, uno de los temas favoritos de su ideario público, que debe sujetarse a una interpretación mecánica de la ley, casi una computadora con pantalones, sino que se lanza, se suelta el pelo, y expresa su rechazo por los moros (marroquíes, dice, con prurito) y los colombianos (todos primos del cártel de Medellín o de la guerrilla plantadora y exportadora de coca).
Es tranquilizador saber que alguien con las ideas tan claras gobierna uno de los poderes del estado y forma parte de la actual mayoría en el poder. Las esencias siguen bien guardadas, al menos en la cúpula judicial.
