12.20.2004

Mundo Cristiano

La revista "Mundo Cristiano" ha publicado a primeros de octubre una entrevista con uno de los jueces que actualmente cortan el bacalao en el gobierno judicial. Leer sus respuestas sobre temas como la violencia de género, el matrimonio de homosexuales, el aborto, la eutanasia, la emigración, resulta, cuando menos, ilustrativo. Nos da las pistas definitivas para conocer su forma de pensar.

Tan solo unas respuestas con relación a la inmigración. Textuales.
"-¿Hasta dónde llega la justicia y dónde la caridad para admitir a los inmigrantes?
-Salvando las distancias que tienen los ejemplos, esto es como un local que tiene límite de aforo. Cuando se llena el local, entonces saltan las alarmas sociales. Me refiero a la mendicidad, a la existencia de barrios cerrados, de mafias incontroladas. Creo que la solución es admitir a gente que aporte a nuestra sociedad.
-Al admitir a unos y alejar a otros, ¿esto no suena un poco a racismo? (pregunta que ya revela cierta alarma en el entrevistador)
-La inmigración es como plantar una planta en un terreno distinto del que nació. Cuando una familia, una persona, llega como inmigrante a un país, echa raíces. Y si esas raíces ahogan al resto de plantas, o las contamina, entonces hay que arrancarlas o no permitir que arraiguen. Sin ambargo, hay plantas que consiguen beneficiarse del terrno nuevo y al mismo tiempo aportar beneficios al terreno donde se implanta. De ahí que deba existir una ordenación racional en la inmigración, que no sea solo por cupos, es decir por el número de gente que pueda entrar, sino en razón de su etnia y raza. Los inmigrantes deben contribuir a la convivencia y a la paz de nuestro país. Así ocurre, por ejemplo, en líneas generales, con los inmigrantes sudamericanos, por razón de su cultura tan parecida a la nuestra, aunque también puede haber excepciones como, por ejemplo, los colombianos que dan lugar a fenómenos mafiosos. En el caso de los marroquíes, la prevención debe ser distinta, precisamente porque su cultura es distinta y en algunos aspectos retrógrada -por ejemplo, la dignidad de la mujer- y provoca rechazo social, aparte de que ellos son los que tienden aislarse."

Se olvidó de la constitución, de la declaración universal de derechos humanos, y de tantas otras cosas, pero da gusto leer sus respuestas dichas en plena libertad. Se le nota cómodo expresándose ante un medio de difusión controlada. Está expansivo. No habla ya del juez profesional, uno de los temas favoritos de su ideario público, que debe sujetarse a una interpretación mecánica de la ley, casi una computadora con pantalones, sino que se lanza, se suelta el pelo, y expresa su rechazo por los moros (marroquíes, dice, con prurito) y los colombianos (todos primos del cártel de Medellín o de la guerrilla plantadora y exportadora de coca).
Es tranquilizador saber que alguien con las ideas tan claras gobierna uno de los poderes del estado y forma parte de la actual mayoría en el poder. Las esencias siguen bien guardadas, al menos en la cúpula judicial.

12.10.2004

Principios

En algún libro leí, hace ya años, que ni siquiera la imaginación más fértil es capaz de alcanzar la riqueza de matices de la realidad. En el juzgado, durante años, lo he comprobado. Y el transcurso de cada día va sumando nuevos datos, nuevos perfiles, nuevas historias que nos sorprenden y que nos aportan distintas perspectivas y matices de lo que sucedió y de como lo recordamos.

Desde mi inicio en estas historias he sentido una desconfianza casi orgánica por los jueces vocacionales. Creo que nadie puede querer ejercer esta profesión desde pequeñito. Las vocaciones misioneras de la justicia me hacen temer siempre lo peor. El supuesto "sentido de la justicia" no se encuentra en ninguna de las cadenas de ADN que integran el genoma humano, o, al menos, los de Celera no lo han localizado a día de hoy.

Crecer con la creencia de que el destino que nos aguarda es tan elevado como para poder decidir sobre vidas y fortunas ajenas, elegir estudios con la finalidad de alcanzar tan alto fin, sentirse llamado a tan elevadas metas, se me antoja una situación aterradora.

Yo, al menos, me recuerdo siempre lleno de dudas y, cuando me dejaron solo a cargo de un juzgado, invadido por las peores pesadillas, las dudas más profundas y con la sensación de que la soledad y yo seríamos perennes compañeras. Y, desde luego, antes de aquello, jamás tuve claro ni lo que quería estudiar, ni que demonios sería de mayor, ni como me ganaría las habichuelas.

Se preguntarán cómo he llegado aquí. Todavía estoy intentando darme alguna respuesta.